El día más feliz de mi vida


Y de repente, “Sirius” de “The Alan Parsons Project” comenzó a sonar en los altavoces colocados a las orillas de la avenida 17 de junio. Había escuchado tantas veces aquella canción viendo los videos del Maratón de Berlín, que al estar ahí me pareció ser parte de un video de YouTube, esperando a ser reproducido por otro corredor, el cual soñaba con correr aquellos 42 kilómetros como lo había hecho yo durante el último año.
Pero esto no era un sueño, era real. Me encontraba aguardando, junto con otros miles de corredores, el disparo de salida. Algunos de ellos se veían tan experimentados, que me intimidaba el hecho de arrancar en el mismo bloque de salida. Sin embargo, ahí estaba, a unos metros de Kipsang, Bekele y las hermanas Hahner, corredores a los que yo admiraba y con los cuales estaba a punto de compartir kilómetros. Segundos después, el arranque; el trabajo de varios meses estaba a punto de materializarse en lo que podría ser mi récord personal.

Las primeras porras llegaron pronto. En el kilómetro 3, mis amigos Sarai y Oliver agitaban la bandera de México, emocionados. A esa altura de la carrera las energías están intactas y llevas tu mejor ritmo, por lo cual pasé muy rápido y no pude más que levantar la mano como señal de haberlos visto. De aquí al kilómetro 27 todo fue una fiesta y disfrutar del recorrido. Saludar a la gente, escuchar la respiración agitada de los demás corredores, buscar a otros mexicanos, admirar la arquitectura de la ciudad, mimetizarme entre los cientos de pisadas, etcétera.

El reloj anunciaba que todo iba a salir como lo había planeado. Terminaría con un tiempo récord y muy posiblemente con una marca clasificatoria para el Maratón de Boston. Pero aquello no había empezado aún. Faltaba la parte complicada de la carrera, y esta llegó antes de lo planeado. Al kilómetro 28 sentí el movimiento involuntario de un músculo en mi pierna izquierda; un calambre, pensé. Lo que comenzó como un sueño estaba por convertirse en una pesadilla, y era muy pronto para eso. Aún me quedaban 14 kilómetros por delante y no iba a dejar que el cuerpo me derrotara.

Cuando corres un maratón tienes mucho tiempo para pensar. Miles de pensamientos cruzan por tu cabeza mientras pones un pie delante del otro. Pero todo cambia cuando un imprevisto así sucede. Tienes que pensar rápido y decidir cuál es la mejor estrategia para seguir. En ese momento decidí sacrificar la clasificación a Boston. Bajé el ritmo drásticamente, cuidando cada paso que daba para evitar terminar tirado a un costado de la calle.

Corredores y más corredores me pasaban de largo. Conforme avanzaba el reloj, más lejos veía la posibilidad de recuperar el tiempo perdido. Trataba de hidratarme lo más posible, pero la amenaza de un calambre seguía latente.

Por el kilómetro 35 volví a reconocer a mis amigos; esta vez pude tomarme unos segundos para saludarlos. Por alguna razón, después de más de 2 horas de estar corriendo todo se vuelve muy emotivo, así que verlos me llenó de ánimos para terminar la carrera. Y así seguí el kilómetro 36, 37 y 38, tratando de mantener un paso decente.

De repente, las calles se hicieron angostas y cada vez más gente se aglutinaba en los alrededores para vernos pasar. Banderas de todos los colores, grupos de animación gritando en cualquier idioma, gente levantando pancartas con toda clase de mensajes, y uno que otro despistado esquivando corredores, tratando de cruzar la calle. Aquello era una fiesta. Era la recta final del maratón.

Faltando unos 700 metros para la meta, una compatriota me rebasó, y esta llevaba una pequeña bandera de México. Esto me hizo pensar: "sería genial entrar a la meta con la bandera". El problema era que yo no llevaba una, así que decidí alcanzarla. En ese momento comencé a apretar el paso, sin importarme ya los calambres, total, solo faltaban unos metros para que todo aquello terminara. Al cabo de unos segundos, y sin darme cuenta, ya estaba corriendo a un paso de 4 minutos por kilómetro y el cuerpo respondía bien a ese último esfuerzo. Al final alcancé a la chica, sostuvimos la bandera juntos y entramos a la meta.

¡Un maratón más a la cuenta! Ahora solo quedaba celebrar como solo podía hacerlo en Alemania: con una gran cerveza. Y así terminó aquel sueño llamado Berlín, entre miles de pisadas, sudor y endorfinas. El mejor día de mi vida había sido escrito en tres horas, veintidós minutos y veinticinco segundos.  

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